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Opinión

25/09/2009

China y su comercio depredador

Opinión. Por Robert Samuelson | Durante años, los presidentes norteamericanos han enfrentado el dilema de China: ¿cómo tratar con un país que practica un comercio depredador sin desencadenar el proteccionismo global? La reciente decisión del presidente Obama de aplicar elevados aranceles sobre importaciones de neumáticos chinos durante tres años, refleja dicho dilema. No hacer nada […]

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Opinión. Por Robert Samuelson |

Durante años, los presidentes norteamericanos han enfrentado el dilema de China: ¿cómo tratar con un país que practica un comercio depredador sin desencadenar el proteccionismo global? La reciente decisión del presidente Obama de aplicar elevados aranceles sobre importaciones de neumáticos chinos durante tres años, refleja dicho dilema. No hacer nada con respecto a las políticas comerciales de China es alentar más de lo mismo. Pero atacarlas demasiado agresivamente podría socavar la cooperación EE.UU-China en otras áreas (desde Corea del Norte hasta las reglamentaciones financieras) y arriesgar una guerra comercial más amplia.

El mercado de u$s 16.000 millones de neumáticos al por mayor no parece un desencadenante probable. Es cierto que de 2004 a 2008, las importaciones chinas se elevaron para representar de un 3 a un 11% del consumo de Estados Unidos (la totalidad de las importaciones representaron el 42%). Los neumáticos chinos socavan los precios de neumáticos comparables norteamericanos en un 19%, informa una investigación de la Comisión Norteamericana de Comercio Internacional (ITC, siglas en inglés). En el mismo período, cuatro plantas de neumáticos cerraron y se perdieron casi 5.200 puestos de trabajo. Tres fábricas más con unos 3.000 operarios podrían cerrar antes de fin de año, dejando 25 plantas y unos 28.000 operarios. Aún así, las importaciones baratas no son el único problema de la industria. La recesión, la reducción en la venta de vehículos y la disminución del manejo también la han perjudicado.

Como mucho, los aranceles elevados podrían estabilizar el empleo. Los críticos sostienen de manera plausible, que la pérdida de neumáticos chinos estimulará las  importaciones de otros países (Indonesia, México) o aumentará la producción de fábricas norteamericanas infrautilizadas, sin que se contrate a más gente. Los precios más elevados de los neumáticos podrían reducir otro consumo. El efecto neto en la economía, aunque pequeño, no está claro.

Como es de comprender, los chinos reaccionaron ásperamente. Los aranceles se impusieron bajo una oscura estipulación de la ley comercial norteamericana, que permite quejas contra importaciones chinas que “causan o amenazan con causar disturbios en el mercado”. El estándar legal para esto, tal como lo determina la ITC, es flexible, pero el Presidente debe aprobar los aranceles finales. El presidente Bush dijo “no” cuatro veces. Ahora que Obama ha dicho “sí”, China debe temer que haya más casos que involucren el acero, la industria del vestido, del calzado y quién sabe de qué más. Para disuadir otras restricciones, China ha amenazado con acciones legales contra importaciones norteamericanas de repuestos de automóviles y de pollos, presuntamente de precios demasiado bajos.

Las represalias de ojo por ojo podrían provocar una guerra comercial global. Si Estados Unidos y China lo hacen, ¿por qué no habrían de hacerlo los demás? Las limitaciones para neumáticos, pollos –o lo que fuere– podrían inspirar medidas similares de otros países, a fin de impedir el flujo de productos a sus mercados. Coquetear con el proteccionismo es peligroso. Anunciar los aranceles poco antes de la cumbre económica de los países del G-20, el 24 y 25 de septiembre en Pittsburgh, hace que las predecibles y piadosas declaraciones contra el proteccionismo sean aún menos creíbles.

Pero tolerar las depredadoras prácticas comerciales de China también es peligroso. Las exportaciones baratas de China reflejan algo más que jornales bajos. El Gobierno promueve y subsidia activamente las exportaciones, especialmente por medio de una moneda deliberadamente subvaluada. La sub-valuación baja los precios de los productos chinos.

El economista Nicholas Lardy, del Peterson Institute, piensa que la actual ventaja en los precios es de entre un 15 y un 20%. Podría ser más. El economista Eswar Prasad, de Cornell University, sostiene que el crédito barato, y la tierra y la energía subsidiadas mejoran aún más la competitividad en precios de las exportaciones chinas. En forma similar, la moneda sub-valuada disuade las importaciones haciéndolas más costosas, y China también favorece la producción local por medio de otras políticas. Las empresas europeas se han quejado, por ejemplo, de que China las discrimina en su mercado de energía solar y eólica.

Mientras la economía del mundo estaba en auge, estas políticas produjeron crecientes excedentes comerciales y reservas extranjeras que, reinvertidas en bonos del Tesoro de Estados Unidos y en otros valores, podría sostenerse que bajaron las tasas de interés y contribuyeron a la crisis financiera. Ahora, las mismas políticas mercantilistas podrían exportar el desempleo a otras partes. Estados Unidos no es el único blanco. Europa y otros países en desarrollo también sufren por las exportaciones chinas de bajos precios. Mientras tanto, China puede recurrir a sus enormes reservas extranjeras, ahora de u$s 2,1 billones, para comprar el control de más materia prima (petróleo, minerales, alimentos) y de empresas extranjeras.

En general, ésta es una fórmula para expandir el poder económico de China a expensas de todo el resto. Los chinos defienden estas políticas, pero hasta ellos reconocen, cada vez más, las desventajas de su dependencia comercial.

(c) 2009, Washington Post Writters Group

25/9/2009

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