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Editor

24/11/2011

Se puede federalizar la economía mundial

Por Gretel Ledo *
Gretel Ledo

Pocos días atrás, el Vaticano dio a conocer una novedosa propuesta para regular la economía en crisis. Pensar en un gobierno mundial capaz de coordinar acciones políticas consensuadas, sin duda remite a la concepción federalista.

El año 1986 coronó la creación y puesta en marcha del Acta Única Europea a través de la cual se invistió a la Comunidad de una única superestructura legal permitiendo un refuerzo decisorio en términos de peso político, como así también, la apertura para transitar el camino hacia el mercado interior. Supuso la ampliación y modificación del Tratado de Roma de 1957 rebautizando a las tres comunidades: Comunidad Económica Europea (CEE), Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) y Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM), bajo una nueva denominación: Comunidad Europea (CE).

El italiano Altiero Spinelli (1907 – 1986), responsable de la promoción del Movimiento Federalista Europeo, se erigió como uno de los máximos referentes de las bases fundacionales del espíritu de la Unión. La visión de unos “Estados Unidos de Europa” encuentra su razón de ser en la redacción del Manifesto di Ventotene (1941), manuscrito elaborado durante la Segunda Guerra Mundial en prisión junto a Ernesto Rossi, por su oposición al fascismo italiano. La isla de Ventotene, se constituyó en el ícono que dio nacimiento al programa del Manifiesto Federalista Europeo.

Luego del desempeño de Spinelli como eurodiputado (1979-1984), el Parlamento Europeo aprueba prácticamente por unanimidad su proyecto de Tratado de la Unión Europea.

La conformación de una autoridad central capaz de defender intereses comunes, encontraba como razón de ser, la búsqueda de una paz duradera y consensuada entre los países europeos. En este sentido, a diferencia de la corriente funcionalista, cuyo exponente máximo ha sido Jean Monnet, no resultaba plausible abogar por la defensa de los intereses nacionales. Justamente el nacionalismo será visto por Spinelli como la causal de la explosión de la guerra.

El documento del Pontificio Consejo de la Justicia y de la Paz titulado “Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la prospectiva de una autoridad pública de competencia universal” destaca la importancia de la constitución de una autoridad política mundial capaz de relegar a un segundo plano, los intereses reduccionistas de ciertos grupos económicos que, lejos de velar por el interés común, intentan posicionarse haciendo oídos sordos a problemáticas estructurales aún pendientes en la agenda global.

Entre otras líneas propositivas se resalta el apoyo al establecimiento de la Tasa Tobin, el impuesto a las transacciones financieras mundiales para ser administrado por una especie de “banco central mundial” que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los bancos centrales nacionales.

Este eje va en línea con lo enunciado en Apocalipsis 3.16-17: “Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”. Este pasaje vaticina la centralización informática manejada por bloques monetarios a nivel mundial. Asignar a cada ser humano una cifra numérica implica simplemente, la identificación y el seguimiento sucinto y minucioso de sus conductas. La marca es clara. El control y la manipulación de datos anagráficos es hoy una realidad que nos atraviesa como sociedad toda.

A su vez, para comprar y vender sin dinero, es necesario un sistema que lo reemplace. Bajo esta cosmovisión, la constitución de una autoridad con competencias universales en materia financiera y monetaria, da cuenta de la conformación de una nueva institución con poderes concentrados que vigila al estilo panóptico foucaultiano, a todos los “marcados”.

Por su parte también se brega por la democratización de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en términos de reformar el interior del proceso de toma de decisiones.

El principal desafío es aquel de arribar a propuestas consensuadas bajo el paraguas participativo de todos los actores sociales incluyendo para ello, mecanismos de colaboración recíproca entre países mejor posicionados y aquellos que aún ni siquiera figuran entre las prioridades internacionales por no resultar un jugador con peso propio en la mesa del “diálogo”.

El horizonte es claro: relegar los intereses nacionales para dejar paso a aquellos federales. El precio a pagar quizás sea elevado pero de seguro, la recompensa vale la pena. Resulta imposible construir desde una visión de particular nacionalismo egoísta.

Como dice la palabra de Dios, es preciso dejar morir para ver nacer.

* Abogada, politóloga, socióloga y analista política

24-11-2011

 

 

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