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Opinión

25/08/2013

Y “redepente”, preocupados por el impuesto asesino de salarios

por Luis Tarullo. Y “redepente”, como diría Niní Marshall, el Gobierno se dio cuenta de que el Impuesto a las Ganancias es altamente nocivo para los salarios. Claro, después del contundente mensaje de las urnas en las primarias y a un puñado de semanas de las decisivas elecciones legislativas. Pero si alguien piensa que la […]

por Luis Tarullo.

Y “redepente”, como diría Niní Marshall, el Gobierno se dio cuenta de que el Impuesto a las Ganancias es altamente nocivo para los salarios. Claro, después del contundente mensaje de las urnas en las primarias y a un puñado de semanas de las decisivas elecciones legislativas.

Pero si alguien piensa que la solidaridad empieza a brotar espontáneamente como el césped por una cuestión electoral, tenga en cuenta que seguramente tiene en su mente una idea “contrera” por deporte, o directamente desestabilizadora.

El degenerado impuesto viene enflaqueciendo los bolsillos y engordando las arcas fiscales desde la época de la Alianza, pero en la “década ganada” (obviando el año y medio de salida del infierno, entre 2002 y 2003), donde el ideario “nacional y popular” fue presentado como la matriz del “modelo”, parece que a nadie en el Gobierno y en su sector de acólitos se le ocurrió que el tributo es contrario a los intereses de los trabajadores, al menos como fue pergeñado e instituido.

Todos los reclamos fueron en vano, y los oídos sordos ensordecieron más aún cuando la demanda provino de quienes se pararon de manos contra la administración de Cristina Fernández, como las CGT de Moyano y Barrionuevo y la CTA de Micheli, entre otros.
Claro, como contrapeso estaba parte del grupo de aplaudidores (los aduladores, les llamaría Maquiavelo, quien se pegaría un susto enorme si viniera un rato a la Argentina), hasta que ellos también tuvieron que darse por vencidos y admitir lo que sus propias bases empezaron a reclamarle desde hace rato.

Entonces sí, comenzó a funcionar, aunque sea parcialmente, el sentido del oído de quienes toman decisiones, que reconocieron que la cosa podía tener consecuencias no deseadas para sus intereses.

Pero así, mientras las falquitreras gubernamentales rebosaron de ingresos por el maldito impuesto, fue demasiado tarde. En la supuesta “interna” que se dirimió en las primarias, Ganancias estuvo en la agenda de la gente que puso su voto de protesta y rechazo hasta alcanzar el 70 por ciento.

Ahora el Gobierno y sus todavía empecinados seguidores (aspirantes a conseguir algunas dádivas antes de octubre a cambio de sus apoyos de dudosa efectividad) se pusieron la camiseta del bien común y andan vociferando a favor de la morigeración del efecto del tributo venenoso.

Pero sucede que el castillo de naipes económico que se fue elevando desde Balcarce 50 se desmorona si se toca cualquier carta. Así como el levantamiento del cepo cambiario puede ser -hoy mismo- el equivalente a abrir las jaulas de los leones en el circo romano, la baja de Ganancias (en rigor la actualización del mínimo no imponible) puede generar un agujero fiscal importante.

Por ello se piensa febrilmente (en algunos casos con la fiebre del delirio) en sustitutos para poder dar vía libre a una medida que, según la esperanza e ilusión de algunos, podría tener un rebote positivo en las legislativas que se concretarán dentro de dos meses.

Sin embargo, el verdadero atolladero está en que cualquier resolución también impactará en millones de bolsillos, especialmente los de los asalariados.

Por allí andan enarbolando un impuesto a la renta financiera (algo que siempre se evitó deliberadamente), pero como no parece haber una idea sana y concreta, ya que lo urgente suele ser muchas veces enemigo de lo correcto, algunos andan apuntando para otro lado. El turismo, piensan ciertos “cerebros”, podría ser una de las salidas. ¿Habrá un aumento sustancial del porcentaje que se aplica a los viajeros al exterior por sobre la cotización del dólar oficial que se les cobra en los gastos con tarjeta de crédito? Podría ser. Ya se sugirió esa posibilidad en alguna ocasión menos (obvio, solo un poquito menos) apremiante que la actual.

Igualmente, más allá de todo, quienes entraron en el laberinto oficialista y no se fueron a tiempo, tienen que seguir saliendo en la foto. Así, estos días la CGT de Caló formó parte de la imagen de quienes le deben muchos favores a la administración -o sea a la Presidenta- y, previsiblemente, se enredaron en un ovillo de contradicciones.

Desde la otra vereda, en tanto, andan sopesando si conviene pero también si tienen los ímpetus necesarios para salir nuevamente a la calle a gritar su protesta. En ese debate se interrogan, además, sobre la posibilidad de si andar reclamando al aire libre significaría allanarle el camino al oficialismo para que les eche en cara que forman parte de la campaña política de la oposición.

De todas maneras, si en algo coinciden todos es en que el Impuesto a las Ganancias es una lava devastadora. A pesar de que algunos, recién ahora, “redepente” (íchapeau, Niní!) se estén mostrando “preocupados” por los efectos del tributo asesino de salarios.

25-08.2013. DyN.

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