Del campo a la góndola: los agroalimentos se multiplicaron 3,8 veces en enero
Según la CAME, la brecha entre el precio que recibe el productor y el que paga el consumidor alcanzó 3,8 veces en enero. Un análisis de las causas estructurales y de qué revela este número en el actual contexto macro.
El informe mensual de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) volvió a mostrar una brecha significativa entre el precio que recibe el productor y el que paga el consumidor final. En enero, los agroalimentos se multiplicaron en promedio 3,8 veces desde el campo hasta la góndola.
Este multiplicador, conocido como “Índice de Precios en Origen y Destino” (IPOD), se ubicó en 3,82. Es decir, por cada peso que cobró el productor, el consumidor pagó casi cuatro. El dato es consistente con los registros históricos de la serie que publica CAME desde hace años, aunque muestra una leve mejora respecto de los picos de 2023 y 2024.
¿Qué explica una brecha de este tamaño?
Vale separar tres componentes. En primer lugar, los costos logísticos y de transporte, que en Argentina representan una porción elevada por las distancias, la infraestructura vial y los precios de los combustibles. En segundo lugar, los márgenes de la cadena de comercialización (mayoristas, minoristas y supermercados), que incluyen gastos de almacenamiento, refrigeración, mano de obra y, en algunos casos, financiamiento. Por último, los impuestos y contribuciones que se aplican en cada eslabón.
El propio informe de CAME detalla que en enero la participación del productor en el precio final promedio fue del 26,2 %. Es decir, de cada $100 que pagó el consumidor, poco más de $26 terminaron en manos del que produjo el alimento. El resto se repartió entre intermediarios, logística, impuestos y otros costos.
Comparación histórica e internacional
La brecha de 3,8 veces no es un récord. Entre 2022 y mediados de 2024 el multiplicador superó frecuentemente las 4 y hasta las 5 veces en productos puntuales como el limón o la lechuga. Sin embargo, sigue siendo elevada si se la compara con países con cadenas de valor más eficientes. En Estados Unidos o en varios países de la Unión Europea, el multiplicador promedio de frutas y hortalizas suele ubicarse entre 2 y 2,8 veces según datos de la USDA y Eurostat.
La diferencia no se explica solo por “codicia” de los supermercados, como a veces se simplifica. Responde también a la estructura de costos de una economía con inflación crónica, alta presión tributaria sobre el consumo y una red logística que duplica o triplica los costos de traslado respecto de competidores regionales como Brasil o Chile.
El impacto de la inflación y la recesión
Enero de 2025 se dio en un contexto de inflación mensual que, aunque bajó respecto de los picos de 2024, todavía se ubicaba en torno al 2,5-3 % según mediciones privadas. En ese entorno, los precios al consumidor tienden a ajustar más lentamente que los precios en origen cuando hay una fuerte caída de la demanda, como la que se vio durante el primer semestre del año pasado.
Paradójicamente, la recesión puede haber contribuido a reducir ligeramente la brecha: ante menor poder de compra, los comercios minoristas compiten más agresivamente y comprimen sus márgenes. Pero el efecto es transitorio. Cuando la economía se recupere, es probable que los márgenes se recompongan y la brecha vuelva a ampliarse si no se atacan los costos estructurales.
Productos con mayor y menor brecha
El informe de CAME muestra dispersiones importantes. Los productos con mayor multiplicador en enero fueron la naranja (6,1 veces), la manzana (5,4) y el pollo (4,9). En el extremo opuesto aparecieron la carne de vaca (2,1 veces), el arroz (2,4) y el tomate redondo (2,7). La carne vacuna sigue siendo uno de los rubros donde el productor retiene mayor participación del precio final, aunque también es el que más regulaciones y trabas a la exportación acumuló en la última década.
Qué se puede hacer
Reducir la brecha campo-góndola requiere actuar sobre varios frentes simultáneos: mejorar la infraestructura vial y portuaria, simplificar la cadena tributaria (especialmente el IVA en cascada), reducir los costos de financiamiento a lo largo de la cadena y fomentar mayor competencia en los canales de comercialización. Ninguna de estas reformas es rápida.
Mientras tanto, el número de 3,8 veces sigue siendo un recordatorio útil de que la inflación que siente el consumidor no es solo un fenómeno monetario: es también el resultado de una cadena de valor que multiplica costos en cada paso. Bajar la inflación general es condición necesaria, pero no suficiente, para que esa multiplicación baje de manera estructural.
Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene mirar el dato completo. La brecha de 3,8 veces no es ni un escándalo inédito ni una fatalidad. Es el síntoma de una economía que todavía arrastra ineficiencias acumuladas durante décadas. Resolverlas exige consistencia macro y reformas micro. Ambas cosas, como sabe cualquiera que siga la realidad argentina, han sido históricamente difíciles de sostener al mismo tiempo.