Tensión en Medio Oriente: por qué el optimismo de EE.UU. choca con las líneas rojas de Irán
Mientras Washington percibe un consenso “sólido” para cerrar un acuerdo nuclear y desactivar el conflicto, Teherán vuelve a marcar sus límites históricos. Un análisis de las asimetrías que complican el cierre.
La brecha entre lo que Washington comunica y lo que Teherán acepta sigue siendo el principal obstáculo para un acuerdo que, según la Casa Blanca, está “más cerca que nunca”. La última ronda de conversaciones indirectas en Omán dejó a los mediadores con la sensación de que las posiciones se acercaron, pero fuentes iraníes volvieron a repetir las tres líneas rojas que han defendido desde 2015: levantamiento completo de las sanciones, garantías de que ningún futuro presidente estadounidense pueda volver a salirse del pacto y reconocimiento explícito del derecho de Irán a enriquecer uranio hasta el 3,67 % de manera industrial.
Desde el punto de vista estadounidense, el “consenso sólido” al que alude la administración Biden incluye no solo a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania, sino también a Arabia Saudita e Israel en un rol de observadores incómodos pero inevitables. La lectura de Washington es que la economía iraní, golpeada por años de sanciones y por la caída de los precios del petróleo, no puede sostener mucho más tiempo una estrategia de “resistencia máxima”.
Sin embargo, la historia reciente muestra que Teherán ha demostrado mayor tolerancia al dolor económico de lo que muchos analistas esperaban. Entre 2018 y 2022, tras la salida unilateral de Trump del JCPOA, el PIB iraní se contrajo pero no colapsó; el país diversificó socios hacia China y Rusia y logró mantener un nivel de enriquecimiento que hoy ronda el 60 % según la AIEA. Esa capacidad de aguante es lo que le permite a los Guardianes de la Revolución argumentar que ceder ahora equivaldría a una rendición estratégica.
La cuestión de las “garantías” es quizá la más complicada. Ningún gobierno estadounidense puede atar de manos a su sucesor en materia de política exterior. El precedente de 2018 sigue fresco: un acuerdo firmado por Obama, dinamitado por Trump y que Biden no logró recomponer del todo. Irán exige hoy mecanismos de compensación automática —posiblemente a través del Consejo de Seguridad— que Washington considera inaceptables porque limitarían su propia flexibilidad geopolítica.
Aquí aparece la dimensión que rara vez se menciona en los cables de agencia: la rivalidad sistémica entre Estados Unidos y el eje China-Rusia-Irán. Un acuerdo nuclear que devuelva a Irán al mercado petrolero global y le permita recibir inversión china en su sector energético fortalecería precisamente el bloque que Washington busca fragmentar. Ese cálculo geoeconómico pesa tanto o más que las consideraciones técnicas sobre centrifugadoras o stock de uranio enriquecido.
Desde la perspectiva argentina, el tira y afloja tiene consecuencias indirectas pero concretas. Un acuerdo que baje la tensión en el Golfo Pérsico suele relajar los precios internacionales del petróleo y, por lo tanto, el costo de la energía y los fertilizantes que importamos. Por el contrario, un nuevo pico de tensión —con posible cierre del estrecho de Ormuz o ataques a instalaciones sauditas— volvería a empujar el barril Brent por encima de los 90 dólares, un nivel que complica aún más la hoja de ruta fiscal y cambiaria local.
La ironía es que ambos bandos necesitan un acuerdo por razones distintas. Biden quiere entregar un triunfo diplomático antes de las elecciones de medio término y cerrar una fuente permanente de inestabilidad en una región que ya le quita demasiado oxígeno estratégico a la competencia con China. Irán, por su parte, necesita oxígeno económico para evitar que el descontento interno se traduzca en una nueva ola de protestas como la de 2022. Sin embargo, la distancia entre lo que cada uno considera “mínimo aceptable” sigue siendo mayor de lo que las declaraciones optimistas de Washington sugieren.
Quien haya seguido los ciclos de negociaciones nucleares con Irán desde 2003 reconocerá el patrón: fases de acercamiento, filtraciones optimistas, endurecimiento de última hora y prórrogas. La diferencia esta vez es que el tablero global cambió. La guerra en Ucrania, la consolidación de la asociación estratégica entre Moscú y Teherán y la mayor presencia china en el Golfo reducen el margen de maniobra estadounidense. El “consenso sólido” que ve Washington puede ser real entre los occidentales, pero se diluye cuando se amplía la mesa a los actores que realmente pueden influir en el comportamiento iraní.
Por ahora, la pelota sigue en el lado iraní. Y Teherán, como ha hecho durante dos décadas, parece dispuesto a esperar hasta que el costo de no acordar sea claramente superior al costo de ceder en sus líneas rojas históricas. La pregunta que vale la pena hacerse es si Washington está dispuesto a pagar el precio político que Irán exige para cerrar el capítulo. Hasta ahora, todo indica que no.