Opinión

Chuck Feeney: el multimillonario que regaló u$s 8.000 millones y murió en la ruina

El fundador de Duty Free Shoppers creó un imperio que facturaba u$s 300 millones anuales, pero decidió donar casi toda su fortuna en vida. Su modelo inspiró a Buffett, Gates y la Giving Pledge.

Publicado el 9 de julio de 2026, 22:10 hs

Chuck Feeney, el filántropo que donó toda su fortuna y murió sin un centavo
Ámbito Financiero — Negocios

Chuck Feeney falleció el 23 de octubre de 2022 en un departamento modesto de San Francisco. Tenía 92 años, usaba relojes baratos y viajaba en clase turista. Había regalado, en vida, más de 8.000 millones de dólares. No dejó herencia para sus hijos. Su fortuna neta al momento de morir era cero.

La historia de Feeney es, ante todo, una anomalía en la historia del capitalismo del siglo XX. Mientras la mayoría de los grandes empresarios buscaban maximizar su patrimonio y transmitirlo a las generaciones siguientes, él hizo lo contrario: construyó un imperio global y luego lo desmanteló sistemáticamente a través de donaciones irreversibles.

Nacido en 1931 en un barrio obrero de Elizabeth, Nueva Jersey, Feeney fundó en 1960, junto a su socio Robert Miller, la empresa Duty Free Shoppers. El negocio aprovechó el auge del turismo internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y la expansión de las bases militares estadounidenses en Asia. En pocos años se convirtió en el mayor operador de tiendas libres de impuestos del mundo, con presencia en aeropuertos de Hawái, Hong Kong, Singapur y el Pacífico.

A mediados de los años 80, la empresa generaba alrededor de 300 millones de dólares anuales en beneficios. Feeney era multimillonario varias veces. Pero en 1982 tomó una decisión que pocos entendieron: transfirió casi todas sus acciones a una fundación en Bermudas, Atlantic Philanthropies, que operaba en secreto. Ni siquiera sus socios lo supieron hasta años después.

Durante las tres décadas siguientes, Atlantic Philanthropies repartió fondos en educación, salud y derechos humanos, principalmente en Irlanda, Vietnam, Sudáfrica, Australia y Estados Unidos. Financió la construcción de instalaciones universitarias, hospitales y programas de reconciliación en Irlanda del Norte. En total, donó más de 8.000 millones de dólares ajustados por inflación.

Feeney no solo donó: lo hizo de manera anónima durante mucho tiempo. Viajaba sin guardaespaldas, sin jet privado y sin el estilo de vida que su fortuna le permitía. Cuando alguien lo reconocía, solía responder con ironía: “Soy un multimillonario común y corriente”.

Su enfoque contrastaba radicalmente con el modelo filantrópico tradicional, donde las grandes fortunas se donan tras la muerte a través de fundaciones que perpetúan el apellido. Feeney prefería “dar mientras se vive”, una frase que repetía constantemente. Argumentaba que así podía ver el impacto de su dinero y corregir el rumbo si era necesario.

Esa filosofía terminó inspirando a algunos de los empresarios más ricos del planeta. En 2010, Warren Buffett y Bill Gates lanzaron The Giving Pledge, una campaña que invita a los multimillonarios a comprometerse a donar la mayor parte de su fortuna. Tanto Buffett como Gates citaron explícitamente a Feeney como inspiración directa.

En Argentina, donde el debate sobre filantropía y responsabilidad social empresaria suele oscilar entre el escepticismo y la exhibición, la figura de Feeney resulta particularmente incómoda. Su caso desafía tanto la idea de que la riqueza debe preservarse a toda costa como la noción de que la filantropía debe ser siempre visible y vinculada a la marca personal.

Feeney no buscó reconocimiento. De hecho, evitó los edificios con su nombre y rechazó distinciones públicas durante décadas. Solo aceptó ser reconocido cuando Atlantic Philanthropies cerró formalmente sus operaciones en 2020, tras haber distribuido prácticamente todo su capital.

Su historia invita a reflexionar sobre qué significa realmente “éxito” en el mundo de los negocios. ¿Es acumular la mayor cantidad de riqueza posible o lograr que esa riqueza resuelva problemas concretos mientras uno aún puede verlo? Feeney eligió la segunda opción de manera radical.

Al final de su vida, cuando un periodista le preguntó si se arrepentía de algo, respondió con una sonrisa: “Ojalá hubiera dado antes”. No es una frase de humildad falsa. Es la conclusión de alguien que midió el costo de oportunidad de cada año que pasó reteniendo riqueza que, según su criterio, podía usarse mejor en otro lado.

En un mundo que celebra a los unicornios, los decacornios y las fortunas tecnológicas, la trayectoria de Chuck Feeney funciona como un recordatorio incómodo: es posible construir un imperio y luego decidir que ese imperio no te pertenece. Y que, a veces, la mayor rentabilidad no se mide en dólares, sino en el impacto que uno deja cuando ya no está.

Su epitafio podría resumirse en una frase que él mismo usaba: “No se puede llevar nada puesto”. Feeney se tomó esa idea literalmente. Y cambió, en silencio, la vida de millones de personas en el proceso.

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