Cien días de desgaste y una herida abierta para Milei: el precio de sostener a Adorni hasta el final
El vocero presidencial Manuel Adorni acumula errores comunicacionales que erosionan la imagen del gobierno. La decisión de Milei de mantenerlo a pesar de los tropiezos revela un costo político cada vez más visible en la gestión.
A cien días de iniciado el segundo mandato de Javier Milei, la figura de Manuel Adorni se ha convertido en un símbolo paradójico: el vocero que debía ordenar el relato oficial terminó siendo, para muchos, la principal fuente de ruido comunicacional.
Lo que empezó como un estilo seco y repetitivo —“la herencia recibida”, “déficit cero”, “vamos a seguir”— mutó en una sucesión de desprolijidades que ya no se pueden atribuir solo a la improvisación. La última, la comparación entre la inflación de diciembre de 2023 y la de febrero de 2025 como si fueran fenómenos equivalentes, generó un rechazo transversal que obligó al propio Presidente a salir a corregir públicamente a su vocero. No es un detalle menor: en un gobierno que hizo de la comunicación un pilar central, el correctivo presidencial al vocero es una confesión de debilidad.
Adorni no es un improvisado. Viene de años en el ejercicio periodístico y de una exposición mediática constante. Su problema no es técnico, es de rol. Convertido en una suerte de escudo humano del Presidente, terminó absorbiendo el costo de las contradicciones que el propio Milei genera cuando habla sin filtro. Cada vez que el Presidente tuitea algo que después hay que matizar, Adorni debe salir a explicar lo inexplicable. Y lo hace con un tono que, lejos de serenar, suele exacerbar.
La herida es más profunda de lo que parece. En los focus groups que circulan por los despachos oficiales —y que el propio gobierno ya no niega que consulta— Adorni aparece sistemáticamente como uno de los funcionarios con peor imagen. No solo entre la oposición: también entre votantes que todavía sostienen a La Libertad Avanza. El desgaste no es solo numérico; es narrativo. El vocero que debía encarnar la “nueva política” terminó asociado a la misma lógica defensiva que criticaban cuando estaban en la vereda de enfrente.
¿Por qué Milei lo sostiene? Hay varias lecturas. La más obvia es la lealtad personal: Adorni fue uno de los primeros en bancar al candidato cuando casi nadie lo tomaba en serio. En un gobierno donde la lealtad vale más que la competencia, eso pesa. Pero también hay un cálculo más frío. Reemplazar a Adorni ahora implicaría admitir que la estrategia comunicacional de los primeros cien días fue un error. Y Milei, que construyó su capital político sobre la idea de no equivocarse nunca, paga caro cualquier señal de rectificación.
El costo se mide en varios planos. En primer lugar, en la erosión de credibilidad. Cuando el vocero oficial dice que “la inflación ya está controlada” mientras los precios de los alimentos siguen subiendo por encima del promedio, la brecha entre el relato y la realidad se agranda. Esa brecha es combustible para la oposición y motivo de desconcierto para los propios aliados. En segundo lugar, en la fatiga de la propia tropa. Funcionarios de segunda y tercera línea admiten en off que tener que salir a “explicar a Adorni” les consume tiempo y energía que deberían dedicar a gestionar.
La comparación internacional ayuda a poner las cosas en perspectiva. Ningún gobierno exitoso de la región en las últimas dos décadas mantuvo un vocero que se convirtiera en pasivo político. Ni Bolsonaro con Fábio Wajngarten, ni Bukele con Ernesto Muyshondt en sus primeras etapas, ni siquiera Alberto Fernández con Gabriela Cerruti —a pesar de todos sus excesos— llegaron a acumular tanto desgaste en tan poco tiempo. El precedente más cercano es el de Cristina Fernández con Aníbal Fernández en su segundo mandato: un vocero que terminó siendo más problema que solución.
Milei enfrenta ahora un dilema clásico de liderazgo: ¿cuánto vale la lealtad cuando empieza a costar más que el aporte? Mantener a Adorni hasta el final del mandato puede ser leído como coherencia; pero también como terquedad. Y en política, la terquedad sin resultados suele pagarse en las encuestas primero y en las urnas después.
El reloj sigue corriendo. Faltan más de mil días de gestión. Si Adorni no logra recomponer su figura, el costo no será solo para él. Será para un Presidente que, en su afán de no mostrar debilidades, terminó abriendo una herida comunicacional que ya no se cierra con un tuit ni con una cadena nacional.
La pregunta que nadie formula en voz alta en la Casa Rosada es si vale la pena seguir pagando ese precio. Porque, a esta altura, sostener a Adorni hasta el final ya no parece una cuestión de lealtad. Parece una cuestión de costo-beneficio. Y el balance, a cien días de gobierno, empieza a inclinarse peligrosamente hacia el lado equivocado.