Opinión

El que no erra no gana: por qué la aversión al error frena el crecimiento argentino

Publicado el 29/06/2026 08:40 hs

Hombre de traje mirando un gráfico descendente con expresión dubitativa
El Cronista — Últimas noticias

La obsesión por no cometer errores en la política económica y en las decisiones de inversión genera parálisis. En un país de alta volatilidad, quien no asume riesgos calculados termina perdiendo más que quien se equivoca y corrige.

El que no erra no gana. La frase, que suele escucharse en los vestuarios de fútbol o en las mesas de trading, aplica con fuerza al debate económico argentino. Llevamos décadas actuando como si el principal objetivo de la política económica fuera no cometer errores. El resultado es previsible: parálisis, gradualismo eterno y, al final, errores mucho más grandes.

Vale separar dos cosas. Hay errores evitables, aquellos que surgen de la improvisación o de la negación de restricciones presupuestarias. Y hay errores inevitables, que surgen de operar en un entorno de alta incertidumbre donde ninguna decisión es óptima. El problema argentino no es que cometamos los segundos. Es que nos aterrorizamos tanto de los primeros que terminamos no tomando ninguna decisión relevante.

Mirá la historia reciente. Entre 2016 y 2018 el gradualismo fiscal se justificó explícitamente como una forma de “no generar un shock”. El miedo a equivocarse en el timing del ajuste llevó a un sendero de consolidación tan lento que perdió credibilidad ante los mercados. Cuando la corrección llegó, fue más abrupta de lo que hubiera sido con un ajuste más temprano y decidido. El que no erra no gana, pero tampoco deja que otros ganen.

Lo mismo ocurre del lado privado. Family offices y empresas medianas que hoy tienen liquidez optan por mantener posiciones en pesos a tasa real negativa o en instrumentos ultra cortos antes que asumir cualquier riesgo de duration o de crédito corporativo. La lógica es comprensible: “si no me equivoco, no pierdo”. Pero en un país donde la inflación promedio de los últimos 12 años supera el 40% anual, quedarse quieto es una decisión de riesgo altísimo disfrazada de prudencia.

El dato relevante acá es que la aversión al error no es solo psicológica. Está institucionalizada. El Congreso premia la inacción con leyes que dificultan cualquier reforma estructural. El BCRA acumula reservas netas negativas y al mismo tiempo se niega a discutir regímenes cambiarios alternativos por miedo a que “salga mal”. Las empresas postergan inversiones productivas esperando que “las condiciones mejoren” sin definir nunca qué condiciones serían suficientes.

Una mirada más larga muestra que los países que lograron convergencia con el mundo desarrollado no lo hicieron evitando errores. Lo hicieron cometiendo errores y corrigiéndolos rápido. Chile en los 80, Corea después de la crisis asiática, incluso Brasil entre 2016 y 2022, todos pasaron por ajustes que en su momento fueron calificados de “equivocados” por buena parte del análisis local. Lo que los distinguió fue la capacidad de ajustar el rumbo sin cambiar el norte.

Ahora bien, esto no es un llamado al aventurismo. Asumir riesgos sin diagnóstico ni colchón fiscal es irresponsable. Pero entre la irresponsabilidad y la parálisis hay un amplio espacio de decisiones imperfectas pero progresivas. Ese espacio es donde se construye crecimiento en economías emergentes.

El actual programa económico muestra señales de entender este dilema. La meta de superávit primario, la acumulación de reservas y la baja de la inflación son avances reales. Sin embargo, la tentación de “no mover nada que pueda salir mal” sigue presente en la lentitud de las reformas microeconómicas y en la dificultad para discutir un régimen cambiario de mediano plazo. Si el miedo a errar termina postergando indefinidamente esas discusiones, el programa terminará siendo otro ejemplo de que el que no erra tampoco gana.

Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene recordar que en entornos de alta volatilidad la estrategia óptima rara vez es la que minimiza la probabilidad de error en cada paso. Es la que maximiza la probabilidad de supervivencia y crecimiento a lo largo de varios movimientos. Eso requiere tolerancia al error corregible y, sobre todo, capacidad institucional para reconocerlo y rectificarlo sin drama.

Argentina tiene las condiciones para dar ese salto. Cuenta con recursos naturales, capital humano y una sociedad que, a pesar de todo, sigue apostando. Lo que falta es dejar de creer que la perfección técnica es condición previa al progreso. El que no erra no gana. Y en nuestro caso, el que no erra suele terminar perdiendo más que nadie.

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