Economía

El supuesto milagro de Milei se desmorona: la pobreza no cedió en 2026

Los datos oficiales del segundo semestre confirman que la incidencia de la pobreza se mantiene en niveles similares a los de fines de 2023. Lejos de “sacar a millones de la pobreza”, el ajuste fiscal y la recesión profundizaron la vulnerabilidad de los sectores medios y bajos.

Publicado el

es el 21 de octubre de 2026.

La información fue publicada originalmente por elDiario. Los números que el Gobierno nacional presentó la semana pasada ante organismos internacionales y que ya circulan en los despachos del Fondo Monetario Internacional no dejan lugar a la narrativa triunfalista que dominó buena parte del año. La pobreza, medida por el INDEC con la metodología de línea de pobreza, se ubicó en el segundo trimestre de 2026 en 41,8%, prácticamente idéntica al 41,4% registrado en el último trimestre de 2023, antes de que Javier Milei asumiera la presidencia.

Se trata de un dato que contradice de manera frontal el relato repetido hasta el cansancio de que “el ajuste sacó a la gente de la pobreza”. No solo no la sacó: la estabilizó en un nivel alto y, según las proyecciones del propio equipo económico para el cierre del año, podría trepar por encima del 42% en el último trimestre si la actividad no repunta con fuerza.

La explicación no es misteriosa. El fuerte ajuste fiscal —que logró superávit primario— se sustentó en una licuación brutal de jubilaciones, salarios públicos y programas sociales, combinada con una recesión que redujo el empleo formal y precarizó aún más el mercado laboral. El salario real promedio cayó alrededor de 18% en términos interanuales durante 2024 y recién en 2026 muestra una recuperación parcial que no alcanza a compensar la pérdida acumulada.

Desde una perspectiva comparada, el caso argentino vuelve a confirmar un patrón conocido en la literatura económica: los ajustes ortodoxos severos en economías con alta informalidad y elevada indexación tienden a estabilizar la pobreza en niveles elevados o incluso a incrementarla en el tramo medio de la distribución. Lo que se observa en los deciles 4 a 7 es particularmente preocupante: familias que hace tres años estaban por encima de la línea de pobreza hoy caen por debajo de ella sin que el sistema de protección social logre amortiguar el golpe.

El Gobierno argumenta que la inflación bajó de 211% interanual a menos de 40% y que eso, por sí solo, representa una ganancia para los más pobres. Sin embargo, los datos de consumo de alimentos y de acceso a servicios básicos muestran una retracción persistente. La canasta básica alimentaria aumentó por encima de la inflación general en varios meses clave, lo que erosionó el poder adquisitivo de los sectores más vulnerables.

Quien haya seguido la experiencia de otros ajustes estructurales en América Latina —Chile en los ochenta, Perú en los noventa, o incluso Brasil durante el gobierno de Temer— reconocerá el mismo mecanismo: la estabilización macroeconómica se paga con un deterioro de la estructura social que luego tarda años en revertirse. La novedad argentina es que esta vez el costo social se produjo sin que se registrara una mejora estructural en las cuentas externas ni en la inversión productiva.

Los números de la indigencia son aún más elocuentes. Se mantiene en torno al 10,5%, apenas por debajo del pico de 2024 pero muy por encima del promedio de la década 2010-2019. Eso significa que más de 4,7 millones de argentinos no alcanzan a cubrir la canasta básica alimentaria. Lejos de ser un detalle estadístico, es la prueba de que el “sinceramiento” de precios relativos no vino acompañado de una recomposición genuina de ingresos.

En Washington, donde se negocia la siguiente revisión del acuerdo con el FMI, estos datos están siendo leídos con atención. El staff del organismo reconoce el esfuerzo fiscal pero advierte —en documentos internos filtrados— que la sostenibilidad política del programa depende de que la pobreza comience a bajar de manera visible en 2027. De lo contrario, el riesgo de reversión del ajuste crece exponencialmente.

La pregunta que vale la pena hacerse es si este estancamiento de la pobreza era un costo inevitable del “shock” o si responde a una secuencia de política económica que priorizó la consolidación fiscal por encima de cualquier otra variable social. La evidencia comparada sugiere que ajustes más graduales y con mayor énfasis en protección social —como los observados en Uruguay en 2002-2005 o en Colombia entre 2015 y 2018— lograron reducir la pobreza incluso en contextos de alta restricción externa.

Para el lector argentino que siente el ajuste en el bolsillo, el dato es claro: el “milagro” económico que prometía sacar a millones de la pobreza no se materializó. Lo que sí se materializó fue una redistribución regresiva del ingreso que consolidó la vulnerabilidad de los sectores medios y bajos. La estabilización de la inflación es un logro, pero no alcanza para ocultar que, en materia de pobreza, el balance hasta octubre de 2026 es de continuidad y no de progreso.

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