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La insólita historia de Joey Chestnut: millones de dólares comiendo panchos

De empleado común a millonario del competitive eating. Joey Chestnut abandonó su empleo para dedicarse a los concursos de comida y acumuló una fortuna devorando hot dogs y otros alimentos en eventos de alto perfil.

Publicado el 13 de julio de 2026, 23:05 hs

Joey Chestnut devorando varios hot dogs en un concurso de comida al aire libre
Ámbito Financiero — Negocios

Joey Chestnut no encaja en el molde clásico del emprendedor exitoso. No fundó una startup, no cotiza en Wall Street y tampoco heredó un imperio familiar. Su camino al éxito económico fue, literalmente, comerse todo lo que le pusieran delante. En particular, panchos. Miles y miles de panchos.

Nacido en 1984 en California, Chestnut dejó un trabajo estable en construcción para apostar todo al circuito del competitive eating. Lo que comenzó como un desafío entre amigos en ferias locales se transformó, en menos de una década, en una carrera profesional que le permitió acumular millones de dólares en premios, patrocinios y apariciones.

Su gran vitrina es el Nathan’s Famous Hot Dog Eating Contest, que se celebra cada 4 de julio en Coney Island, Nueva York. Chestnut ganó el título en 16 ocasiones, incluyendo una racha de 15 victorias consecutivas entre 2007 y 2020. En 2021, por ejemplo, ingirió 76 hot dogs y buns en diez minutos. El récord histórico le pertenece: 76 unidades. Para ponerlo en perspectiva, el segundo puesto suele quedar alrededor de los 50.

Pero no solo vive de los hot dogs. Chestnut compite en todo tipo de desafíos: devoró 182 alas de pollo en media hora, 141 huevos duros en ocho minutos, más de 10 kilos de pastel de manzana y hasta 4,5 kilos de espaguetis con albóndigas. Cada récord suma puntos, visibilidad y, sobre todo, contratos.

Según estimaciones de la Major League Eating (MLE), la liga que organiza la mayoría de estos eventos, Chestnut ha ganado más de 600.000 dólares solo en premios de concursos. Pero el grueso de sus ingresos proviene de patrocinios. Marcas de comida rápida, bebidas energéticas y hasta empresas de equipamiento de cocina pagan por asociarse a su imagen. Se calcula que su fortuna personal supera los 4 millones de dólares, una cifra que pocos atletas de nicho pueden igualar.

La clave de su éxito no es solo capacidad gástrica. Chestnut entrena con rigor casi militar: estiramientos de estómago con enormes cantidades de agua o leche, control calórico fuera de temporada y una disciplina que contrasta con la imagen de exceso que proyecta en pantalla. “Es un deporte mental tanto como físico”, repite en entrevistas. La presión arterial, el reflujo y el riesgo cardiovascular son riesgos reales que gestiona con chequeos médicos periódicos.

En Argentina, donde los concursos de asado o de empanadas existen desde hace décadas pero rara vez se profesionalizan, la figura de Chestnut genera una mezcla de admiración y perplejidad. ¿Cómo puede alguien vivir de esto? La respuesta está en la escalabilidad del espectáculo. La Major League Eating transmite sus eventos por streaming, vende derechos a cadenas de televisión y genera merchandising. Es un entretenimiento que combina reality show, deporte extremo y gula televisada.

Chestnut también supo diversificar. Publicó un libro de “entrenamiento” para comer competitivo, lanzó una línea de salsas y participa en campañas de concientización sobre hambre (una paradoja que él mismo reconoce). En 2024 volvió a ganar el Nathan’s tras una breve suspensión por un conflicto contractual con una marca rival de salchichas. La polémica, lejos de dañarlo, aumentó su exposición.

Su historia sirve como recordatorio de que en Estados Unidos casi cualquier actividad puede convertirse en industria si se empaqueta bien. No hace falta inventar la rueda: basta con ser el mejor del mundo en comerla. Mientras el resto del planeta discute inflación y salarios, Joey Chestnut sigue acumulando millones, un pancho tras otro.

El fenómeno plantea preguntas más profundas sobre la cultura del espectáculo, los límites del cuerpo humano y el valor que asignamos al entretenimiento. En un mundo que premia la atención, Chestnut convirtió su estómago en un activo financiero. Y lo hizo sin pedir disculpas.

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