Economía

Wall Street y el FMI piden más gasto: Milei resiste para no reavivar la inflación

Mientras analistas internacionales y el mercado presionan por un mayor relajamiento fiscal antes de las elecciones de medio término, el Gobierno argentino mantiene la línea dura de superávit primario. La tensión entre consumo electoral y disciplina macro.

Publicado el 12 de julio de 2026, 19:20 hs

Javier Milei en conferencia de prensa con gráficos de inflación y Wall Street al fondo
iProfesional — Finanzas

La presión sobre el Gobierno de Javier Milei para que afloje el ajuste fiscal crece desde varios frentes. En los últimos días, analistas de Wall Street y voces cercanas al Fondo Monetario Internacional han sugerido que un mayor gasto público en los próximos meses ayudaría a sostener el consumo y a llegar a las elecciones de medio término con una economía menos contractiva.

Sin embargo, desde el Palacio de Hacienda y la Casa Rosada la respuesta es tajante: no hay margen para soltar recursos sin poner en riesgo la desaceleración de la inflación y la reconstrucción de las cuentas públicas. El ministro de Economía, Luis Caputo, repitió en privado y en público que el superávit primario no es negociable.

La discusión no es nueva, pero ganó intensidad tras la última revisión del acuerdo con el FMI y los comentarios de bancos de inversión que cubren la deuda argentina. Varios informes recientes destacan que la contracción del consumo interno es más profunda de lo esperado y que, sin algún tipo de alivio, la recuperación post-estabilización podría demorarse más de lo deseable.

La mirada desde el Norte

Desde Washington y Nueva York, el razonamiento es pragmático. En un año electoral —aunque sean legislativas—, los gobiernos suelen relajar el ajuste para evitar un desgaste político excesivo. Analistas del Peterson Institute y de bancos como JPMorgan y Goldman Sachs han señalado que un “mini-stimulus” focalizado en sectores de menor ingreso podría ayudar a Milei a mantener niveles de aprobación sin comprometer el programa macro de fondo.

El argumento se basa en experiencias comparadas. En varios programas de ajuste en mercados emergentes —desde Brasil en 2016 hasta Grecia tras el segundo rescate— se observó que un ajuste demasiado prolongado terminaba generando costos políticos que luego obligaban a reversiones más costosas. La idea que circula en los pasillos del FMI es que Argentina ya logró el “hard landing” y que ahora podría permitirse un aterrizaje más suave.

La posición del Gobierno

Milei y su equipo rechazan esa lectura. Para ellos, cualquier relajamiento fiscal antes de que la inflación interanual baje de manera consolidada al 2% mensual equivaldría a volver al manual de la “casta” que tanto critican. El Presidente repite que el ajuste no es una opción ideológica sino una restricción técnica: sin superávit, no hay credibilidad, y sin credibilidad no hay baja sostenida de expectativas inflacionarias.

Los números que exhibe el equipo económico respaldan, al menos en parte, esa visión. El superávit primario acumulado en los primeros meses del año permitió reducir la emisión monetaria y contribuir a la fuerte caída de la inflación mensual. Soltar gasto ahora, argumentan, implicaría volver a financiar déficit con emisión o con deuda, con el riesgo de que los mercados reaccionen negativamente y se reviertan parte de los logros cambiarios y de precios.

Lecciones de la historia argentina y comparada

Quien haya estudiado la experiencia argentina de las últimas cuatro décadas reconocerá el patrón. Casi todos los intentos de estabilización terminaron tropezando con la tentación electoral de aumentar el gasto. El Austral de 1985, la Convertibilidad en sus años finales, los planes de los noventa y los diversos ensayos kirchneristas comparten el mismo arco: ajuste inicial, alivio posterior, desborde inflacionario.

Desde una perspectiva internacional, el caso más cercano es el de Turquía bajo Erdogan entre 2018 y 2023: cada vez que la presión política subía, el gobierno relajaba la política fiscal y monetaria, lo que terminaba alimentando inflación y depreciación. El costo de corregir después fue siempre mayor que el beneficio político de corto plazo.

¿Qué puede hacer el Gobierno sin “soltar plata”?

La administración Milei apuesta a que la baja de inflación por sí sola genere un efecto riqueza y restituya poder adquisitivo sin necesidad de gasto público adicional. Al mismo tiempo, busca avanzar en desregulaciones y reformas microeconómicas que mejoren la eficiencia y permitan que el sector privado tome el relevo del consumo.

Sin embargo, el propio equipo económico reconoce en off que algunos sectores —especialmente jubilados, empleados públicos y beneficiarios de planes— están sufriendo una caída real de ingresos que, si se prolonga demasiado, puede generar tensiones sociales y políticas difíciles de manejar antes de octubre.

El dilema de cara a las urnas

La disyuntiva es clara. Si Milei mantiene la línea ortodoxa hasta las elecciones, arriesga una derrota legislativa que luego complique la aprobación de leyes estructurales. Si cede a la presión de Wall Street y del mercado local, pone en riesgo el principal activo político que tiene hoy: la percepción de que, a diferencia de todos los gobiernos anteriores, este está dispuesto a pagar el costo de estabilizar de verdad.

Por ahora, la balanza se inclina hacia la segunda opción. El Presidente ha hecho del “no aflojar” una marca personal. Si esa marca resiste el desgaste electoral será una de las grandes preguntas de la política argentina en los próximos meses.

Lo que está en juego no es solo el resultado de una elección legislativa. Es la durabilidad de un programa de estabilización que, por primera vez en mucho tiempo, intenta romper con el ciclo histórico argentino de ajuste y desajuste.

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