El futuro del plan económico: City advierte riesgos pese a mejoras externas
Tras un primer semestre con superávit comercial y reservas en alza, analistas de la City alertan sobre los desafíos de 2027: altos vencimientos de deuda, volatilidad electoral y la necesidad de sostener el ancla fiscal.
El primer semestre de 2025 dejó al Gobierno con un balance externo que pocos esperaban a fines de 2024. El superávit comercial acumulado supera los 15.000 millones de dólares, las reservas netas del Banco Central mostraron una recuperación sostenida y el riesgo país se mantuvo por debajo de los 1.000 puntos básicos durante varias semanas. Sin embargo, en la City el tono ya no es de alivio sino de cautela: el plan económico enfrenta una segunda mitad del año cargada de nubes que se agrandan hacia 2026 y 2027.
Los analistas coinciden en que la consolidación fiscal sigue siendo el principal ancla de credibilidad. Sin ella, cualquier mejora en el frente externo se disuelve rápido. El superávit primario del primer semestre fue el más alto en más de una década, pero gran parte se explica por el recorte drástico del gasto público y por ingresos extraordinarios que no se repetirán. Mantener el equilibrio en 2026 exigirá definir cómo se financia el gasto de la administración pública sin volver a emitir ni a endeudarse de manera descontrolada.
El calendario de vencimientos de deuda se vuelve especialmente exigente a partir de 2027. Según estimaciones del Peterson Institute y datos del Ministerio de Economía, ese año Argentina deberá hacer frente a pagos de capital e intereses por más de 25.000 millones de dólares solo en bonos soberanos, además de los compromisos con el FMI. La reestructuración de 2020 postergó una parte importante de la carga, pero el “muro de deuda” se acerca. Si el crecimiento no acompaña y las tasas internacionales se mantienen elevadas, el riesgo de stress financiero reaparece.
La volatilidad electoral ya empieza a jugar. Con elecciones legislativas en 2025 y presidenciales en 2027, los inversores temen que el ajuste pierda fuerza a medida que se acerque el calendario político. La experiencia argentina muestra que los programas de estabilización suelen entrar en zona de turbulencia cuando se combinan consolidación fiscal con año electoral. La City observa con atención si el Gobierno logra aprobar en el Congreso una ley de bases que dé previsibilidad regulatoria a los sectores que deberían liderar la inversión: energía, minería y agroindustria.
Desde la perspectiva comparada, el caso argentino presenta similitudes con otros programas de ajuste en mercados emergentes. Lo que Hirschman describía como la tensión entre “salida, voz y lealtad” aparece nuevamente: los inversores extranjeros pueden optar por la salida si perciben que el ajuste se diluye, mientras que los actores locales exigen voz para negociar alivio en tarifas y impuestos. El precedente de Brasil entre 2015 y 2018 muestra que un ajuste fiscal creíble puede generar recompensa en los mercados incluso en contexto electoral, pero requiere señales claras de continuidad institucional.
El frente externo, que hoy luce favorable, también tiene sus vulnerabilidades. La cosecha 2025/26 será clave: una sequía o una caída fuerte de los precios internacionales de soja y maíz reducirían el ingreso de dólares y complicarían la acumulación de reservas. Además, la normalización de las importaciones —inevitable una vez que se levanten las restricciones— presionará la cuenta corriente. El superávit comercial podría reducirse a la mitad en 2026 si no hay un salto en las exportaciones de valor agregado.
En Washington, los funcionarios del FMI siguen de cerca el programa. Aunque el staff report del último review fue positivo, el organismo ya advierte que la sostenibilidad de la deuda depende de que el crecimiento potencial suba del actual 2% a al menos 3,5% anual en el mediano plazo. Sin reformas estructurales que mejoren la productividad, el ajuste se vuelve cada vez más costoso en términos sociales y políticos.
Para los inversores locales, el mensaje de la City es claro: la mejora del primer semestre compró tiempo, no resolvió los problemas estructurales. El éxito del plan dependerá de si el Gobierno logra transitar el segundo semestre con superávit fiscal primario superior al 1,5% del PBI, acumular reservas netas por encima de los 10.000 millones de dólares y avanzar en un acuerdo de facilidades extendidas con el Fondo que brinde cobertura hasta después de 2027.
La pregunta que vale la pena hacerse es si la actual combinación de ancla fiscal, tipo de cambio competitivo y apertura gradual será suficiente para llegar con aire al año electoral. La historia reciente sugiere que los programas que logran sostener la consistencia macro durante tres años consecutivos son los que logran salir del ciclo de crisis recurrentes. Argentina está en el segundo año. El tercero será decisivo.