El nuevo mapa político de América Latina: por qué la región cambió de rumbo
Las victorias de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú consolidan un giro regional hacia prioridades más pragmáticas. Detrás de los resultados electorales hay un cambio profundo en las agendas sociales y en la inserción internacional de América Latina.
Las victorias de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú no son hechos aislados. Junto con los giros previos en Argentina, Ecuador y, en menor medida, Brasil, dibujan un mapa regional que se aleja del ciclo progresista que dominó la década de 2010 y parte de los 2020.
Lo relevante no es tanto el color ideológico de los ganadores como el cambio en las prioridades que expresan los votantes. La agenda de seguridad, estabilidad macroeconómica y reinserción pragmática en el comercio internacional desplazó, al menos temporalmente, el énfasis en redistribución vía gasto público y confrontación con los mercados.
Colombia: el fin de una era
El triunfo de De la Espriella marca el cierre de un experimento que comenzó con el acuerdo de paz de 2016 y que Petro llevó al gobierno en 2022. La fatiga con el aumento de la inseguridad, la desaceleración económica y la polarización extrema explican más el resultado que un supuesto “retorno de la derecha”. Los colombianos votaron por quien prometió ordenar las finanzas públicas y recuperar la confianza inversora sin desandar del todo los avances sociales de los últimos años.
El dato clave es que De la Espriella ganó en las grandes ciudades y en buena parte del interior, incluyendo zonas que habían sido bastiones petristas. Eso sugiere que el cambio no es solo geográfico sino generacional y de clase media ampliada.
Perú: estabilidad como valor
El caso peruano es aún más ilustrativo. Keiko Fujimori, tres veces candidata y dos veces derrotada por muy poco, llega finalmente al poder en un país que atravesó seis presidentes en cinco años. Su victoria refleja el hartazgo con la inestabilidad política y la demanda de un marco institucional más predecible.
Fujimori capitalizó el rechazo a los experimentos populistas de izquierda y también a los escándalos de corrupción que salpicaron a casi todas las fuerzas. Su discurso de “orden, inversión y crecimiento” resonó en un electorado que prioriza la gobernabilidad por sobre las promesas redistributivas maximalistas.
Lo que cambió debajo de la superficie
Más allá de los nombres, tres factores explican el giro regional:
Primero, la evidencia acumulada de que los modelos basados en alto gasto público y fuerte intervención estatal enfrentan límites fiscales duros en economías de ingreso medio. Argentina bajo Fernández y luego bajo Massa, Bolivia post-Evo y la propia Venezuela son casos que ya no se pueden ignorar.
Segundo, el deterioro de la seguridad. El aumento de la violencia vinculada al narcotráfico en Ecuador, partes de Colombia, México y Centroamérica desplazó la agenda social clásica (salud, educación) por una demanda más básica: vivir sin miedo. Los votantes priorizan el monopolio de la fuerza por parte del Estado.
Tercero, el cambio en el contexto internacional. La guerra en Ucrania, la fragmentación de las cadenas de suministro y la competencia estratégica entre Estados Unidos y China volvieron a poner en valor la confiabilidad macroeconómica y la inserción comercial pragmática. Los gobiernos que prometen “soberanía” a costa de aislamiento encuentran menos eco.
La excepción que confirma la regla
México sigue bajo la órbita de Morena, aunque con signos de fatiga. Chile, tras el rechazo a las constituciones extremas, parece haber encontrado un centro más pragmático. Brasil, con Lula en su último tramo, ya no representa el faro progresista que fue hace 15 años.
La región no viró hacia un neoliberalismo ortodoxo. Más bien, está eligiendo líderes que combinan políticas sociales focalizadas con disciplina fiscal y apertura comercial selectiva. Es un pragmatismo cansado de experimentos.
Qué significa para los inversores y para Argentina
Este nuevo equilibrio reduce el riesgo político regional y puede facilitar el acceso a financiamiento internacional para los países que muestren consistencia. Para Argentina, que atraviesa su propio proceso de estabilización, el entorno regional menos hostil a la ortodoxia pragmática es una noticia favorable.
El desafío de los nuevos gobiernos será demostrar que pueden entregar resultados concretos en seguridad, empleo formal y crecimiento sin caer en los vicios del pasado: clientelismo, emisión descontrolada o confrontación inútil con los mercados.
La historia latinoamericana enseña que estos giros rara vez son lineales. Pero la profundidad del cambio en las prioridades sociales sugiere que no se trata de un simple péndulo electoral. Hay un aprendizaje colectivo en marcha. Ojalá sea duradero.