El pollo ya es la proteína más consumida en Argentina: más allá del precio
Según el director ejecutivo del CEPA, el consumo de pollo superó al de carne vacuna por primera vez. El fenómeno no responde solo a la diferencia de precios, sino a cambios en hábitos, disponibilidad y preferencias del consumidor argentino.
El dato circuló esta semana con cierta sorpresa en el debate público local: por primera vez en la historia reciente, el consumo per cápita de pollo habría superado al de carne vacuna en Argentina. Lo afirmó el director ejecutivo del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA), quien aseguró que el cruce no se explica únicamente por la brecha de precios entre ambas proteínas.
El fenómeno merece ser mirado con perspectiva comparada. En la mayor parte de los países emergentes —y también en varios desarrollados— el pollo ha venido ganando terreno de manera sostenida desde hace tres décadas. Brasil, México y hasta China muestran trayectorias similares: mayor eficiencia productiva, menor precio relativo y una flexibilidad de preparación que se adapta mejor a los ritmos urbanos modernos.
En el caso argentino, la carne vacuna mantuvo durante más de un siglo un lugar casi identitario. El “asado” no era solo una comida, era un ritual social. Sin embargo, varios factores han erosionado esa centralidad. El primero, por supuesto, es el precio. La carne vacuna acumula años de aumento relativo frente al pollo, cuya cadena productiva ha logrado mejoras de productividad notables. Pero el director de CEPA insiste en que hay más: el pollo ganó espacio por su versatilidad (se cocina más rápido, genera menos desperdicio y se adapta a dietas más variadas) y por los cambios demográficos y de estilo de vida.
Quien haya seguido la evolución del consumo de proteínas en América Latina reconocerá el patrón. En Chile, por ejemplo, el pollo superó a la carne vacuna a mediados de los 2000. En Uruguay, el cruce ocurrió más tarde pero también se consolidó. En todos los casos, el aumento del pollo coincidió con urbanización, incorporación de mujeres al mercado laboral y mayor preocupación por el tiempo de cocción y el valor nutricional percibido.
Desde el punto de vista macro, el dato tiene implicancias. La cadena avícola es intensiva en empleo y exportaciones. Argentina ya es uno de los principales exportadores mundiales de pollo, y un consumo interno robusto le da escala adicional. Al mismo tiempo, el desplazamiento relativo de la carne vacuna plantea desafíos para un sector que sigue siendo uno de los grandes empleadores del interior del país y que carga con una imagen de alto costo ambiental que no siempre se corresponde con las mejoras productivas recientes.
El cruce no significa que los argentinos hayan dejado de comer carne vacuna. El consumo per cápita de vaca sigue siendo de los más altos del mundo, aun cuando haya bajado de los picos históricos. Lo que cambió es la jerarquía: el pollo dejó de ser la “carne de los pobres” para convertirse en la proteína de referencia cotidiana para una porción cada vez mayor de hogares de ingresos medios y medios-bajos.
Mirado en clave internacional, el fenómeno refuerza una tendencia global. Según datos de la FAO y del USDA, el consumo mundial de pollo crecerá más rápido que el de cualquier otra carne en la próxima década. La combinación de menor huella de carbono por kilo de proteína, menor costo de producción y adaptabilidad a dietas saludables explica gran parte de ese impulso.
Para el lector argentino, el dato invita a una pregunta más amplia: ¿estamos ante un cambio cultural profundo o ante una respuesta cíclica a la inflación y la pérdida de poder adquisitivo? La respuesta probablemente esté en el medio. El precio importa, y mucho, pero los hábitos que se consolidan durante años de alta inflación suelen tener cierta histéresis. Una vez que varias generaciones se acostumbran a cocinar pollo varias veces por semana, el rebote completo hacia la carne vacuna es más lento de lo que muchos imaginan.
El desafío para los productores de carne vacuna no es negar la tendencia, sino leerla con honestidad. Mejoras en trazabilidad, en bienestar animal, en eficiencia de conversión y en presentación de cortes más prácticos ya están ocurriendo en algunos segmentos. El futuro del sector no pasa por volver a los niveles de consumo de 1970, sino por encontrar un nuevo equilibrio en una canasta proteica más diversificada.
Mientras tanto, el pollo ya no es un sustituto. Es, según los números que hoy maneja CEPA, la proteína animal más consumida del país. Un hito silencioso que dice bastante sobre cómo cambió —y sigue cambiando— la mesa argentina.