Opinión

Reparto de cuotas con la UE: el nudo que dominará la cumbre del Mercosur

Publicado el 25/06/2026 19:55 hs

Líderes del Mercosur reunidos en una cumbre en Asunción, Paraguay, con banderas del bloque y la UE al fondo.
MercoPress — Economía

El traspaso de la presidencia pro tempore de Paraguay a Uruguay coincidirá con el 35° aniversario del bloque. El principal foco de la reunión serán las cuotas de exportación del acuerdo con la Unión Europea, un tema que revela las tensiones internas del Mercosur.

La cumbre de jefes de Estado del Mercosur que se celebrará el 30 de junio en Asunción no será solo un traspaso protocolar de la presidencia pro tempore de Paraguay a Uruguay. El encuentro, que coincide con el 35.º aniversario del Tratado de Asunción, tendrá como eje central el reparto interno de las cuotas de exportación previstas en el acuerdo comercial con la Unión Europea, un tema que expone las dificultades estructurales del bloque para avanzar en su inserción global.

El acuerdo Mercosur-UE, cerrado en principio en 2019 tras dos décadas de negociaciones, sigue sin entrar en vigor. Una de las razones es la falta de consenso sobre cómo distribuir las cuotas de acceso preferencial que la UE ofrece a productos sensibles como carne, azúcar, etanol y lácteos. Brasil y Argentina, los dos socios de mayor peso, reclaman la mayor porción. Uruguay y Paraguay, en cambio, buscan una distribución que refleje su estructura productiva y no consolide un esquema de dominancia de los grandes.

Desde una perspectiva comparada, el dilema no es nuevo. Bloques regionales como la ASEAN o incluso la propia UE han enfrentado tensiones similares al negociar concesiones externas. Lo particular del Mercosur es que estas discusiones se dan en un contexto de asimetrías marcadas y de una institucionalidad que nunca logró generar mecanismos automáticos de compensación. El resultado es que cada ronda de negociación comercial se transforma en un pulso político de suma cero.

Uruguay, que asumirá la presidencia semestral, llega con una agenda explícita de “relanzamiento” del bloque. El gobierno de Luis Lacalle Pou ha sido el más vocal en criticar el “estancamiento” y en proponer flexibilizaciones que permitan a los socios avanzar en acuerdos bilaterales cuando el Mercosur como conjunto no logre consenso. Esta posición choca con la visión más integracionista que defienden Brasil y Argentina, aunque con matices: el gobierno de Lula da Silva ha mostrado mayor pragmatismo comercial que sus antecesores, mientras que el próximo gobierno argentino —sea cual sea— heredará un país con urgencias macroeconómicas que lo empujarán hacia una mayor apertura.

El reparto de cuotas no es un detalle técnico. Define quién se beneficia de la rebaja arancelaria europea y en qué magnitud. Para Uruguay, por ejemplo, el acceso adicional de carne bovina es clave para su principal rubro de exportación. Para Paraguay, el etanol y la carne también representan oportunidades concretas. Brasil, con su enorme escala, aspira a quedarse con la mayor tajada, lo que genera resistencias. Argentina, por su parte, defiende su industria láctea y sus exportaciones de azúcar, pero enfrenta limitaciones fiscales que le dificultan cualquier compromiso de reciprocidad.

Quien haya seguido la historia del Mercosur reconocerá aquí el patrón clásico: ambición declarada de integración profunda, pero pragmatismo defensivo cuando se trata de ceder soberanía comercial. El Tratado de Asunción de 1991 fue firmado en un contexto de apertura unilateral y optimismo pos-Guerra Fría. Treinta y cinco años después, el mundo es otro. La geoeconomía volvió a imponerse sobre la globalización despolitizada. La UE misma negocia hoy con mayor dureza, exigiendo estándares ambientales y laborales que antes eran secundarios.

La cumbre de Asunción, entonces, no decidirá solo números de toneladas de carne o azúcar. Definirá si el Mercosur opta por una lógica de “variable geometry” —donde algunos avanzan más rápido— o si sigue atado a la regla de la unanimidad que lo ha paralizado en los últimos quince años. Uruguay querrá dejar su impronta en este debate. Pero el éxito dependerá menos de la retórica presidencial que de la capacidad real de los cuatro socios para construir un mecanismo creíble de compensaciones internas.

Desde la perspectiva argentina, el tema tiene una lectura adicional. Cualquier acuerdo que profundice la inserción del Mercosur en Europa o en Asia reduce la dependencia de los vaivenes de la relación con China y, sobre todo, del ciclo financiero liderado por la Fed. Sin embargo, también exige una modernización productiva que el país ha postergado durante décadas. El reparto de cuotas es, en ese sentido, un espejo incómodo: muestra cuánto estamos dispuestos a competir de verdad en mercados exigentes y cuánto preferimos seguir discutiendo cuotas internas como si el mundo exterior no existiera.

El 35 aniversario invita a la reflexión histórica. El Mercosur nació como proyecto de paz y convergencia económica entre países que salían de dictaduras y de crisis hiperinflacionarias. Hoy enfrenta un mundo de friend-shoring, cadenas de valor regionalizadas y rivalidad estratégica entre grandes potencias. Resolver el nudo de las cuotas con la UE no resolverá todos los problemas, pero será un test concreto de si el bloque sigue siendo un instrumento útil o se ha convertido en una reliquia de los noventa.

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