Dólar acelera en junio: Caputo busca contenerlo sin ahogar aún más el crédito
El dólar oficial acumula una suba de casi 5% en junio mientras vencen $16 billones en licitaciones esta semana. El ministro de Economía intenta equilibrar la presión cambiaria con la necesidad de no estrangular el crédito interno.
El dólar oficial acumula en junio una suba cercana al 5%, el ritmo más alto del año, en un contexto donde el Tesoro enfrenta vencimientos por unos $16 billones este viernes. Luis Caputo, en su doble rol de ministro de Economía y principal artífice de la estrategia cambiaria, busca contener la presión sin agravar la ya delicada situación del crédito doméstico.
La aceleración del crawling peg responde, en parte, a la necesidad de cerrar la brecha con los dólares paralelos y evitar que la brecha se vuelva a ampliar de manera peligrosa. Sin embargo, cada devaluación adicional encarece los costos de las empresas que todavía tienen deudas en moneda extranjera y reduce el espacio para que el Banco Central pueda relajar las tasas de interés sin generar más incentivos a la dolarización de portafolios.
"Estamos en un punto donde el trade-off entre estabilidad cambiaria y reactivación del crédito es cada vez más estrecho", resume un operador de mercado con acceso directo al equipo económico. La licitación de esta semana será clave: si la demanda por los títulos en pesos no alcanza los niveles esperados, la presión sobre las reservas netas podría obligar a una aceleración adicional del dólar oficial.
Desde la perspectiva comparada, Argentina repite un patrón que se vio en otros emergentes con regímenes de crawling peg administrado: cuando la inflación no cede al ritmo previsto, el tipo de cambio real se aprecia y termina corrigiendo de manera abrupta o gradual. Brasil en 2014-2015 y Turquía entre 2018 y 2020 ofrecen ejemplos ilustrativos, aunque con matices institucionales distintos.
Caputo ha repetido en las últimas semanas que el objetivo sigue siendo la desinflación y la acumulación de reservas. Pero los números de mayo mostraron que la contracción del crédito al sector privado fue aún más profunda de lo esperado. Los bancos reportan que las colocaciones en pesos cayeron en términos reales más de 25% interanual, y el consumo con tarjetas muestra signos de estancamiento.
La estrategia oficial parece pasar por tres ejes simultáneos: licitaciones de deuda en pesos a tasas que resulten atractivas sin disparar las expectativas de devaluación, intervención calibrada en los dólares financieros para evitar saltos bruscos, y una comunicación que insiste en que la salida del cepo sigue siendo el horizonte, aunque sin dar precisiones de timing.
El riesgo más inmediato es que la suba del dólar oficial termine alimentando la inercia inflacionaria que el propio gobierno promete combatir. Los precios mayoristas ya muestran una aceleración en los últimos relevamientos privados, y varios analistas advierten que la corrección cambiaria de junio podría traducirse en una inflación de 4,5-5% mensual en julio si no se compensa con otros anclajes.
Mirado en perspectiva histórica, el actual esquema recuerda —con las obvias diferencias institucionales— la experiencia de 2017-2018, cuando el gradualismo cambiario terminó chocando contra la realidad de las expectativas de devaluación y la salida de capitales. La diferencia hoy es que las reservas netas son mucho más bajas y el margen de error, por lo tanto, también.
Caputo y su equipo saben que no pueden permitirse un descalabro cambiario antes de las negociaciones con el FMI que se esperan para el segundo semestre. Por eso la gestión del dólar en estas semanas adquiere un carácter casi quirúrgico: suficiente presión para mantener la competitividad y cerrar brechas, pero sin llegar a desestabilizar las expectativas ni a profundizar la recesión crediticia.
El viernes será, en ese sentido, una jornada test. Si el Tesoro logra renovar una porción significativa de los $16 billones sin tener que ofrecer tasas prohibitivas, ganará oxígeno para mantener el crawling peg en torno al 2% mensual que ha sido la norma desde marzo. Si la demanda flaquea, la aceleración del dólar podría volverse la única válvula de escape disponible.
Por ahora, el mercado sigue el pulso con cautela. Los analistas coinciden en que el equilibrio es precario: un dólar que suba demasiado rápido complica el crédito y la desinflación; uno que suba demasiado lento pone en riesgo las reservas y la credibilidad del programa. En el medio queda un gobierno que, como tantos antes, descubre que administrar un crawling peg en un país con historia de alta inflación es más arte que ciencia.