Ganadores y perdedores del Mundial 2026: quién se llevó la plata
La FIFA y sus socios comerciales fueron los grandes beneficiados del torneo. Los aficionados, en cambio, pagaron el precio más alto con entradas prohibitivas y una experiencia cada vez más elitizada.
El Mundial 2026, el más grande de la historia con 48 selecciones y 104 partidos, ya tiene su balance económico claro. Lejos de ser un evento que distribuye riqueza de manera uniforme, el torneo volvió a confirmar una lógica que se repite desde hace décadas: los grandes ganadores son las instituciones y empresas que controlan los derechos, mientras que los aficionados terminan financiando gran parte del negocio.
La FIFA, el gran ganador
Según sus propios balances, la entidad que preside Gianni Infantino superó los 11.000 millones de dólares en ingresos, un 25% más que en Qatar 2022. La mayor parte provino de la venta de derechos de televisión (más de 4.800 millones), patrocinios (3.200 millones) y ticketing (2.100 millones). El superávit operativo rondó los 2.200 millones, dinero que irá a parar a sus programas de desarrollo y, sobre todo, a engrosar sus reservas.
El modelo de expansión del torneo a 48 equipos no solo multiplicó la cantidad de partidos, sino que permitió vender más paquetes de TV y más entradas. La FIFA logró lo que buscaba: escalar el negocio sin perder control centralizado.
Patrocinadores y broadcasters: la otra cara del podio
Las marcas oficiales (Adidas, Coca-Cola, Qatar Airways, entre otras) y las no oficiales que activaron en paralelo obtuvieron un retorno publicitario difícil de replicar en otro evento. El alcance global estimado superó los 5.000 millones de personas únicas. Las cadenas de televisión, especialmente las que pagaron por derechos exclusivos en Europa y América, recuperaron con creces la inversión a través de publicidad y suscripciones.
Las casas de apuestas, aunque no siempre figuran como sponsors oficiales, fueron de las que más facturaron. El volumen de apuestas legales durante el torneo superó los 180.000 millones de dólares según estimaciones de la industria. Un negocio paralelo pero directamente impulsado por la FIFA.
Los aficionados, los grandes perdedores
Mientras la recaudación de la FIFA crecía, el precio promedio de las entradas se disparó un 38% respecto a Qatar. La categoría más barata para la final superó los 750 dólares. En varias sedes de Estados Unidos, Canadá y México, el ticket medio para fase de grupos rondó los 220 dólares. Para un hincha argentino o mexicano que quisiera seguir a su selección en tres partidos de grupos más posibles eliminatorias, el desembolso en entradas superaba fácilmente los 1.200 dólares, sin contar traslados ni alojamiento.
La reventa organizada y los paquetes VIP acapararon gran parte de la disponibilidad, dejando a los aficionados locales y de clase media fuera del acceso real. Las quejas por estadios semivacíos en algunos partidos de la fase inicial fueron constantes, a pesar de que la FIFA reportaba “lleno” en sus comunicados.
Otros perdedores: las ciudades anfitrionas y el legado
Varias de las once sedes (especialmente las ciudades medianas de Estados Unidos) terminaron con balances negativos. Los costos de infraestructura y seguridad superaron en muchos casos lo previsto, mientras que el prometido “legado” en transporte y turismo se diluyó rápidamente una vez terminado el torneo. México y Canadá, que invirtieron en remodelaciones de estadios, todavía discuten cuánto de ese gasto realmente generó retorno económico medible.
Una tendencia que no se revierte
El Mundial 2026 consolidó el modelo de megaevento como un instrumento de extracción de renta más que como una fiesta popular. La FIFA maximizó ingresos, las corporaciones maximizaron exposición y las casas de apuestas maximizaron volumen. Los hinchas, una vez más, financiaron el negocio con bolsillos cada vez más flacos y experiencias cada vez más restringidas.
El próximo paso ya está anunciado: el Mundial 2030 cruzará tres continentes. La lógica, por ahora, parece la misma.