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Se acelera la destrucción de empresas: ya cerraron más de 14.000 en el último año

Publicado el 22/06/2026 17:55 hs

Con 25 meses consecutivos de caída en la cantidad de empresas empleadoras y el descenso más fuerte de la serie, el tejido pro
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Con 25 meses consecutivos de caída en la cantidad de empresas empleadoras y el descenso más fuerte de la serie, el tejido productivo argentino muestra señales de estrés. Empresarios de distintos sectores relatan el impacto de la recesión y las decisiones de política económica.

La cifra ya no sorprende, pero sigue alarmando. Según los datos oficiales del Ministerio de Trabajo, en marzo de 2025 se registró una nueva caída interanual en la cantidad de empresas empleadoras: son 25 meses consecutivos de contracción. Solo en los últimos doce meses desaparecieron más de 14.000 firmas que daban empleo formal, el ritmo más acelerado de toda la serie que se mide desde 2008.

El dato no es un accidente estadístico. Refleja la combinación de una recesión profunda, costos financieros elevados y una demanda interna que no termina de recuperarse. En términos comparados, Argentina repite un patrón que se vio en otras economías emergentes bajo programas de ajuste severo: primero cae el consumo, luego las ventas, después los márgenes y, finalmente, las empresas medianas y pequeñas que no logran reestructurarse.

"Llevamos 14 meses con ventas por debajo de los niveles de 2023. Al principio ajustamos costos, después stocks, después personal. Ahora simplemente no damos más", resume el dueño de una fábrica de muebles del Gran Buenos Aires que empleaba a 28 personas y que cerró sus puertas en febrero. Su caso no es aislado. En el sector textil, en electrodomésticos y en construcción, los empresarios consultados coinciden en el diagnóstico: la caída es generalizada y ya afecta a firmas que venían sobreviviendo desde la pandemia.

La mirada sectorial es reveladora. En el rubro de autopartes, la producción cayó 18% interanual en el primer trimestre según datos de la Asociación de Fábricas de Componentes. Varias terminales redujeron turnos y, como consecuencia, proveedores de segundo y tercer nivel empezaron a cerrar. "No es que no queramos competir, es que con esta brecha cambiaria y estos costos en dólares es imposible exportar", explica el gerente de una pyme cordobesa que exportaba el 35% de su producción a Brasil y que ahora está liquidando maquinaria.

En el sector servicios, especialmente en gastronomía y hotelería, la situación es similar. La Ciudad de Buenos Aires registra una caída de casi 9% en la cantidad de locales abiertos respecto a 2023. En el interior, la cosa es aún más dura: en Mendoza y Salta, el cierre de comercios minoristas supera el 12% interanual. "La gente dejó de salir a comer. Primero fueron los fines de semana, ahora también los mediodías de semana", cuenta el propietario de una cadena de restaurantes en Rosario que cerró dos de sus cinco locales en los últimos seis meses.

Desde el lado de las políticas públicas, el Gobierno sostiene que se trata de un "ajuste necesario" para sanear las cuentas fiscales y bajar la inflación. El superávit primario se mantiene, pero el costo en términos de actividad económica es visible. Economistas más críticos, en cambio, recuerdan que en otros programas de ajuste fiscal fuerte —como el de Brasil en 2015-2016 o el de Turquía en 2018-2019— la destrucción de tejido productivo también fue intensa y que la recuperación posterior demoró más de lo esperado.

La mirada comparada ayuda a poner el fenómeno en perspectiva. En la crisis asiática de 1997-98, países como Corea del Sur y Tailandia perdieron entre 15% y 20% de sus pequeñas y medianas empresas antes de que la economía tocara fondo. En Argentina, la serie actual muestra una destrucción acumulada cercana al 8% del stock de empresas empleadoras desde el pico de 2022. Todavía no estamos en esos niveles, pero la velocidad actual preocupa.

"El problema no es solo que cierren empresas, sino que las que quedan están operando con márgenes muy delgados y sin capacidad de inversión", advierte un directivo de una cámara industrial que pidió reserva. Esa falta de inversión se traduce en menor productividad futura y en una economía que, cuando la demanda vuelva, va a tener menos oferta para responder. Es el clásico problema de histéresis: los daños son persistentes.

Desde el Ministerio de Economía se argumenta que la baja de inflación y la estabilización cambiaria sentarán las bases para una recuperación gradual a partir del segundo semestre. Los empresarios, en cambio, piden señales más concretas en materia de alivio impositivo, acceso al crédito y una política cambiaria que no castigue tanto a quien produce para exportar.

Mientras tanto, los números siguen bajando. Cada mes que pasa sin que se revierta la tendencia, el stock de empresas se achica un poco más. Y con él, también se reduce la capacidad de la economía argentina de generar empleo formal de calidad. La pregunta que queda abierta es si esta destrucción es el precio inevitable de la estabilización o si parte de ella podía haberse evitado con una secuencia de ajuste diferente.

La historia económica comparada sugiere que los ajustes más exitosos fueron aquellos que combinaron disciplina fiscal con algún grado de protección temporaria al sector productivo. Argentina, hasta ahora, parece estar apostando casi todo a la primera variable. Los resultados, por ahora, se ven en los registros de bajas de empresas.

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