Economía

Casi 100 años a la basura: la fábrica de golosinas que se declaró en bancarrota con u$s10 millones en deudas

Publicado el 25/06/2026 07:05 hs

Fábrica abandonada de golosinas con maquinaria vieja y carteles de quiebra
Ámbito Financiero — Negocios

Una empresa centenaria del sector alimenticio argentino se declaró en quiebra con deudas por USD 10 millones. El caso expone los problemas estructurales de productividad, costos y acceso al crédito que arrastran muchas industrias tradicionales.

Una compañía con casi un siglo de historia en la producción de golosinas se declaró en bancarrota esta semana, dejando al descubierto pasivos por alrededor de 10 millones de dólares. El caso, que involucra a una marca que formó parte de la infancia de varias generaciones, no es solo la historia de un fracaso empresarial puntual: es un síntoma más de las dificultades estructurales que enfrentan las industrias manufactureras tradicionales en Argentina.

Según los documentos presentados ante el juzgado comercial, la firma acumuló deudas con proveedores, bancos, AFIP y empleados que no pudo refinanciar. La caída del consumo interno, el aumento de los costos en dólares (energía, insumos importados y logística) y la imposibilidad de acceder a crédito de mediano plazo a tasas razonables terminaron por estrangular su operación. En los últimos tres años la empresa había intentado reestructurarse vía acuerdo preventivo de acreedores, pero las sucesivas devaluaciones y la inflación descontrolada licuaron cualquier margen operativo.

El contexto macro que no perdona

El sector de alimentos y bebidas no es inmune a los desequilibrios generales de la economía. Aunque el consumo masivo resiste mejor que otros rubros, la combinación de salarios reales deprimidos, alta informalidad y precios relativos volátiles castiga especialmente a las empresas que producen bienes de bajo valor unitario y alto volumen. Una golosina que antes representaba el 1% del salario diario de un trabajador hoy puede llegar al 3% o más, según el momento del ciclo inflacionario.

Además, la industria enfrenta una restricción externa crónica: muchos insumos (cacao, colorantes, ciertos plásticos para packaging) se pagan en dólares al contado o con financiamiento caro. Cuando el BCRA administra las reservas con cepo, las empresas pequeñas o medianas quedan fuera del MULC y terminan comprando en el contado con liquidación, lo que eleva sus costos un 30-40% por encima de la competencia formal.

¿Qué falló en la gestión?

Desde el vamos, conviene separar dos cosas. No todo el problema es macro. La compañía en cuestión había mantenido durante décadas una estructura productiva poco flexible, con una planta antigua que requería altos costos fijos de mantenimiento y energía. La inversión en automatización fue postergada sistemáticamente, en parte por la incertidumbre sobre el retorno en un país donde los precios relativos cambian cada seis meses.

Tampoco logró diversificar mercados. Mientras competidores regionales (chilenos, brasileños o incluso peruanos) lograron colocar parte de su producción en terceros países, esta firma siguió dependiendo casi exclusivamente del mercado interno. Cuando el consumo local se contrajo 15% interanual en el segmento de golosinas (datos de consultoras privadas), no había red de seguridad exportadora.

Lecciones que trascienden una fábrica

El caso ilustra un patrón repetido en la manufactura liviana argentina. Según datos del INDEC y de la UIA, la productividad laboral en la industria alimenticia creció apenas 0,8% anual promedio desde 2010. En el mismo período, Brasil y Chile registraron avances de 2,1% y 2,7% respectivamente. La brecha se explica por menor inversión en capital por trabajador, menor escala y una regulación laboral y tributaria que desincentiva la formalidad y la reinversión.

Desde el punto de vista fiscal, la carga imbricada (nacional, provincial y municipal) sobre una empresa mediana de alimentos puede superar el 45% de los costos laborales totales. Sumado al costo financiero (cuando hay acceso al crédito), el punto de equilibrio operativo se vuelve inalcanzable para muchas firmas con márgenes brutos del 25-30%.

¿Hay salida o solo liquidación?

Los acreedores ahora deben decidir si aceptan un salvataje vía compra de activos por parte de un competidor o un fondo de inversión, o si se opta por la liquidación pura. En el primer caso, parte de la marca y algunos puestos de trabajo podrían preservarse. En el segundo, casi 100 años de historia industrial terminarían en remates y depósitos judiciales.

Más allá del destino puntual de esta empresa, el episodio debería servir para recordar que la consistencia macro no es un lujo ideológico: es condición de posibilidad para que las firmas puedan planificar, invertir y generar empleo sostenido. Sin un ancla nominal creíble, sin acceso previsible al crédito y sin reglas tributarias estables, hasta las marcas más arraigadas en la memoria colectiva terminan en la carpeta de un síndico.

Antes de sacar conclusiones apresuradas sobre “la culpa del modelo”, conviene mirar los números: la Argentina perdió más de 8.000 empresas manufactureras formales desde 2015. No todas eran ineficientes. Muchas simplemente no sobrevivieron a la combinación letal de volatilidad cambiaria, inflación crónica y costos que suben más rápido que los precios de venta. Esta fábrica de golosinas parece ser solo la última víctima visible de un problema que lleva décadas.

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