Desigualdad en alza y dólar en junio: cuánto resiste el bolsillo argentino
El 10% más rico gana ya 19 veces más que el 10% más pobre, según los últimos datos del INDEC. Con el dólar acelerando en junio, la presión sobre los ingresos reales se profundiza y el mercado empieza a medir la tolerancia del consumo.
El último informe de distribución del ingreso del INDEC confirma lo que muchos ya sentían en la calle: la brecha entre el 10% más rico y el 10% más pobre se amplió a 19 veces en el primer trimestre de 2025. Es el peor registro desde la salida de la pandemia y marca un retroceso respecto del leve cierre que se había observado entre 2021 y 2023.
La cifra no sorprende en un contexto de inflación que, aunque desaceleró, sigue siendo alta, y de un ajuste fiscal que recayó principalmente sobre los sectores medios y bajos a través de la licuación de jubilaciones, asignaciones y salarios públicos. El dato cobra mayor relevancia ahora que el dólar blue y los tipos de cambio financieros volvieron a mostrar signos de aceleración durante junio.
La presión cambiaria llega en el peor momento
Según datos de mercado, el dólar blue subió alrededor de 8% en lo que va de junio, mientras que el MEP y el CCL acumularon avances similares. Esta dinámica no solo afecta a quienes ahorran en pesos, sino que impacta directamente en los precios de bienes transables y, por arrastre, en el resto de la canasta. El resultado es una nueva licuación de los ingresos reales justo cuando el poder adquisitivo ya había caído más de 15% acumulado desde diciembre de 2023, según estimaciones privadas.
Vale separar dos cosas. Por un lado, la desigualdad de ingresos es un fenómeno estructural que se explica por la baja productividad media de la economía, la informalidad elevada y un sistema impositivo que grava más el trabajo que el capital. Por otro, el salto reciente está claramente asociado al ciclo de alta inflación y al modo en que se distribuyen los costos del ajuste.
Cuánto aguanta el consumo
Los analistas de consumo masivo ya empiezan a hablar de “fatiga”. Las ventas en supermercados vienen cayendo en términos reales desde hace cinco meses consecutivos y las cadenas de electrodomésticos reportan caídas de dos dígitos. El dato más preocupante es que la retracción ya se observa no solo en bienes durables, sino también en alimentos y bebidas, el último refugio del consumo popular.
Desde el lado de la oferta, las empresas enfrentan un dilema clásico argentino: si trasladan plenamente la devaluación y la inflación a precios, corren el riesgo de perder volumen; si lo absorben, deterioran sus márgenes ya comprimidos por el ajuste tarifario y el crawling peg lento.
Una mirada comparada ayuda a poner el fenómeno en perspectiva. En Brasil, después del ajuste de 2015-2016, la relación entre el percentil 90 y el 10 tardó casi cuatro años en volver a los niveles pre-crisis. En Chile, tras el estallido social de 2019, la desigualdad medida por el Gini subió inicialmente pero luego se redujo gracias a transferencias focalizadas y un mercado laboral más formal. Argentina, en cambio, repite el patrón de licuación inflacionaria que castiga más a los que menos tienen.
El rol del tipo de cambio real
El dólar a precios reales se encuentra hoy en niveles relativamente competitivos respecto de la media histórica, según el índice del BCRA. Sin embargo, esa competitividad se logra a costa de salarios y jubilaciones en dólares muy bajos. Es el clásico “equilibrio de pobreza” que permite acumular reservas pero erosiona el mercado interno.
El mercado ya empieza a preguntar hasta dónde puede estirarse esta cuerda. Los family offices y analistas de consumo consultados en off the record coinciden en que el segundo semestre será clave: si la inflación mensual se mantiene por debajo del 4% y el dólar se estabiliza, el consumo podría tocar piso en el tercer trimestre. Si cualquiera de las dos variables se desmadra, el riesgo de una contracción más profunda es alto.
Antes de sacar conclusiones apresuradas, conviene recordar que la desigualdad no se resuelve solo con política monetaria o cambiaria. Requiere mejoras sostenidas en productividad, formalización del empleo y un sistema de protección social que no dependa de la emisión. Mientras tanto, el bolsillo argentino sigue siendo el principal amortiguador de los desequilibrios macroeconómicos.
El dato de distribución del ingreso del próximo trimestre dirá si la brecha de 19 veces fue un pico o el nuevo piso de un país que parece condenado a ajustar siempre por el mismo lado.