Economía

Deuda británica cerca de los 3 billones de libras: el 93,8% del PIB y el retorno a los sesenta

La deuda neta del sector público del Reino Unido alcanzó 2.985,5 mil millones de libras a finales de agosto, el nivel más alto en más de seis décadas en relación al PIB. Un recordatorio de que las secuelas de la crisis financiera y la pandemia siguen pesando sobre las finanzas públicas de las economías avanzadas.

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Deuda británica cerca de los 3 billones de libras: el 93,8% del PIB y el retorno a los sesenta
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La Oficina Nacional de Estadística británica (ONS) informó este martes que la deuda neta del sector público del Reino Unido alcanzó 2.985,5 mil millones de libras a finales de agosto de 2026. La cifra equivale al 93,8% del producto interior bruto y representa el nivel más elevado en relación al tamaño de la economía desde principios de los años sesenta.

El dato no sorprende a quienes siguen la trayectoria fiscal del Reino Unido desde la crisis financiera global de 2008. Aquella recesión, sumada al costo del rescate bancario, elevó rápidamente la relación deuda-PIB. Luego vino el shock de la pandemia, que obligó a un gasto excepcional en apoyo a hogares y empresas, y más recientemente los efectos de la mini-crisis provocada por el presupuesto de Liz Truss en 2022. El resultado acumulado es una deuda que ya roza los 3 billones de libras, unos 4 billones de dólares al tipo de cambio actual.

Desde una perspectiva comparada, el 93,8% se ubica por encima del promedio histórico de posguerra pero todavía por debajo de los picos alcanzados por Japón (que supera el 250%) o Italia (alrededor del 140%). Sin embargo, para un país que durante décadas se presentó como modelo de disciplina fiscal relativa entre las grandes economías europeas, el número marca un cambio de época.

La pregunta que vale la pena hacerse es qué capacidad de maniobra le queda al gobierno de Keir Starmer. El nuevo primer ministro laborista heredó un marco fiscal ya ajustado por su antecesor conservador y enfrenta ahora el dilema clásico: cómo financiar el aumento del gasto en salud, defensa y transición energética sin disparar aún más la deuda ni subir impuestos de manera que ahogue el crecimiento.

En este sentido, conviene mirar el precedente de las décadas de 1950 y 1960, cuando la deuda británica también superaba el 90% del PIB. En aquel entonces, el ajuste se produjo más por crecimiento nominal —inflación y expansión económica— que por austeridad pura. Hoy el Banco de Inglaterra mantiene una política de tasas restrictivas para controlar la inflación, lo que encarece el servicio de la deuda y reduce el margen para esa vía.

El caso británico ilustra un patrón que se repite en varias economías avanzadas: la pandemia actuó como acelerador de tendencias preexistentes. Lo que antes parecía un problema manejable de deuda moderada se convirtió en un stock difícil de reducir sin reformas estructurales profundas o un periodo prolongado de crecimiento por encima de la tasa de interés real.

Para Argentina y otros mercados emergentes, el dato tiene interés indirecto. Cuando las economías del centro cargan con deudas elevadas, tienden a mantener tasas de interés más altas durante más tiempo para anclar las expectativas de inflación. Eso afecta los flujos de capital hacia la periferia y encarece el financiamiento externo. Además, reduce la probabilidad de que el Reino Unido o Europa en general actúen como locomotoras de demanda global en el corto plazo.

La ONS también señaló que el déficit del sector público en los doce meses hasta agosto se ubicó en torno al 4,5% del PIB, una mejora respecto a los peores momentos pandémicos pero todavía lejos de los superávits primarios necesarios para estabilizar la relación deuda-PIB en un contexto de tasas positivas.

En definitiva, el retorno de la deuda británica a niveles de los sesenta no es un evento aislado sino parte de un ciclo fiscal global que comenzó en 2008 y que la pandemia profundizó. Cómo se gestione esa herencia definirá en buena medida la capacidad de las economías avanzadas para enfrentar los próximos shocks —ya sean climáticos, tecnológicos o geopolíticos— sin perder credibilidad ante los mercados.

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